San Antonio Spurs

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La derrota con los Clippers en primera ronda escoció a Popovich tanto o más que si le hubieran echado vinagre en una herida abierta. Tanto él como Buford emplearon la temporada regular en detectar las disfuncionalidades de su equipo. De forma que en julio, con el pistoletazo de salida al mercado de agentes libres, ya tenían preparados sus dardos teledirigidos de precisión milimétrica.

Tras renovar a Leonard, Duncan y Green – luego llegaría Ginóbili – llegó el movimiento estrella: Aldridge. Popovich, con la inestimable ayuda de su asistente y ex compañero de LaMarcus en Portland Ime Udoka, convenció al ala-pívot de ponerse bajo sus órdenes. Su decisión de continuar varias temporadas más para entrenarle a él y Kawhi fue determinante. La llegada de David West apuntalaba la rotación interior, mientras que Jonathon Simmons y Boban Marjanovic lucharían (con éxito) por ganarse los minutos en la rotación.

La primera parte de la temporada para San Antonio era la prueba de fuego. Había que adaptar nuevos sistemas, incorporar una pieza clave como Aldridge, volver a cargar el juego hacia el interior y tapar las carencias que dejaba la marcha de Splitter como rim protector. Pero en los Spurs la vida discurre con soberana calma. Y Popovich fue encajando engranajes sobre la marcha. Ajustando tuercas, desaflojando algún tornillo para que su estructura respirase, apuntalando algún clavo… Hasta llegar al parón del All Star convertido en el archienemigo mortal de los inmaculados Warriors.

Kawhi Leonard debutó en el All Star siendo además titular, superando en el último suspiro a Dray Green. Su salto evolutivo, convertido ya en primera opción ofensiva y, a la vez, stopper defensivo principal, ha llevado a San Antonio a otra dimensión. Durante meses se autoproclamó MVP (terrenal, es decir, Curry al margen) por excelencia. Pero tanto su temporada como la de su equipo han quedado en parte eclipsadas por la carrera contra la historia que Golden State ha librado.

Tras el parón del All Star el nivel de San Antonio no ha dejado de aumentar. Como es habitual en los equipos de Pops, por otra parte. Así hasta llegar al tramo clave de la temporada en plena forma y con sus jugadores frescos. No es casualidad que los Spurs son considerados unánimemente el único equipo capaz de batir a los monstruosos Warriors en una serie de Playoffs. Porque los texanos han firmado uno de los mejores balances de la historia en temporada regular, aunque lejos del de los propios Warriors y del mítico 72-10 de los Bulls de Jordan. Un choque de fuerzas coetáneas en el tiempo como nunca antes se había visto en la NBA. Su enfrentamiento en marzo deparó el partido entre los dos equipos con mayor porcentaje de victorias de la historia.

Batman contra Superman. El Caballero Oscuro contra el Guerrero de la Luz. Ahora que la película les ha vuelto a poner de moda… Porque hasta los colores de sus uniformes les delatan. La sobriedad hecha virtud contra los alardes inverosímiles que rayan lo imposible. Un hombre con capa y máscara intentando desafiar a un semi Dios que todo lo puede, con el mundo rendido a sus manos. La historia dice que los grandes proyectos de Buford y Popovich nunca han ganado el anillo en su primera temporada. Que es a partir del segundo año cuando alcanzan su máximo potencial y tocan la gloria. Pero si éste no es su tope, resulta inimaginable qué nos quedará aún por ver. Llegan a los Playoffs en plena forma, reforzados y dando días de descanso a sus jugadores clave. Su segundo puesto está asegurado y su equipo carbura. La misión no era sino evitar lesiones innecesarias o un exceso de minutos en las piernas. Y tampoco hay detalles que pulir. Todo el engranaje está asimilado a base de mecanización industrial.

El baloncesto de los Spurs mantiene los mismos fundamentos de siempre. Mover el balón, buscar al hombre con mejor tiro, aprovechar los espacios, defender fuerte y, en resumen, alcanzar ese difícil estado llamado equipo. Han realizado una reconstrucción desde su base, sin alterar los cimientos, para elevar su juego a la enésima potencia. Más armas. Más temibles. Más hambre. Mismas ideas. El equipo ha cambiado y el estilo, aunque respete esos principios básicos sobre los que Popovich edifica, se ha modificado acorde a las nuevas prestaciones de su nuevo juguete. Un tanque sin fisuras capaz de adaptarse a cualquier sistema. A cualquier ritmo. De encontrar recambios para sus averías cuando una pieza se atasca.

Porque por si no eran suficientemente poderosos, se fueron de pesca a Minnesota para firmar al Profesor André Miller y a un anotador revulsivo como Kevin Martin. Ambos por el mínimo de veterano tras acordar su desvinculación de los Wolves. Para no perder comba en su particular carrera armamentística con los Warriors. Armados hasta los dientes antes de la batalla final. La cruzada entre dos equipos de leyenda. Unas Finales de Conferencia casi pronosticadas. Un solo ganador de la serie al que se le ve como campeón de las Finales reales, que por una vez quedan relegadas a un segundo plano.

Es el camino hacia la excelencia, en el que solo un nombre tiene cabida. San Antonio no se detuvo cuando la alcanzó en 2014, desplegando el baloncesto más preciosista jamás jugando. Haciendo caso de un viejo proverbio japonés, “cuando llegues a la cima de una montaña, sigue subiendo”.