Los restos del naufragio

Nos creíamos felices.

Habíamos dejado atrás el sarampión de abril, la típica depresión de cada fin de temporada unida como siempre al no menos típico abatimiento de ver cómo engordaba día tras día la lista (no por anunciada menos triste) de huidas masivas hacia el draft. Habíamos dejado atrás la tristeza de tantas otras primaveras, el tiempo y el verano lo curan todo, entrábamos ya en septiembre como tantos otros años, olvidado ya por completo lo que se había ido, mirando sólo a lo que habría de venir. Devorábamos artículos y previas, nos relamíamos con cada freshman, descontábamos los días y las horas que aún quedaban hasta el bendito segundo viernes de noviembre. Volvíamos a pensar en clave de baloncesto universitario, soñábamos despiertos, nos creíamos (una vez más) felices.

Y entonces sucedió.

Entonces llegó el FBI y mandó parar. No tanto parar la NCAA (no del todo al menos) como parar nuestros sueños. El martes 26 de septiembre de 2017 nos dijeron que los reyes son los padres, algo que probablemente siempre habíamos sospechado aunque nos engañáramos a nosotros mismos, repitiéndonos (como si nos lo creyéramos) que no era así, que no tenía por qué ser así. La magia era demasiado hermosa como para buscarle el truco, aunque en nuestro fuero interno supiéramos perfectamente que había truco. Vivíamos de ilusiones (sí, como el tonto de los cojones) pero al otro lado anidaba siempre presente la cruda realidad, esperando sólo el momento propicio para darnos por fin con ella en las narices.

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No, no nos habíamos caído de un guindo aunque lo pareciera. Que no lo quisiéramos saber no significaba que no lo supiéramos. Siempre pensé que para estas cosas funcionaba la teoría aquella del iceberg que nos explicaban en el colegio (¿se seguirán aún explicando estas cosas en los colegios?), de cada trozo de hielo (aún por grande que éste fuera), sólo veríamos el diez por ciento, el noventa por ciento restante permanecería oculto bajo las aguas. Me vale para un roto y un descosido, resulta igualmente socorrida para explicar cualquier tipo de ilegalidad (o alegalidad) normalizada, pongamos por ejemplo la corrupción política, el dopaje en el deporte o (sí también) las irregularidades en el seno de la NCAA.

Casos aislados, nos decían. Por supuesto que sí, siempre son casos aislados, aunque te encuentres con doscientos o trescientos a la vez siempre es más cómodo pensar eso que imaginar todo un sistema corrupto. De vez en cuando la propia NCAA investigaba acá o allá, pillaba a este o aquel college saltándose las normas, les recortaba tres o cuatro becas, les castigaba sin postre (Madness), les borraba sus triunfos (como si éstos se pudieran borrar también de la memoria) y a otra cosa mariposa. Apartaba las manzanas podridas y todos nos quedábamos mucho más tranquilos, qué bien, ahora ya sabemos que podemos fiarnos con total tranquilidad de todas las demás que haya en el cesto. Y aunque al hincarles el diente les encontráramos un saborcillo raro seguíamos fiándonos, cómo no nos íbamos a fiar sabiendo cómo las gasta la NCAA, si hubiera cualquier cosa extraña ya las habrían apartado antes o después. Consumíamos el producto con total delectación, sin querer reparar en ese extraño tufillo que parecía empezar a extenderse a su alrededor.

Lo de la NCAA era destapar un piquito u otro de la alfombra (vaya sobredosis de metáforas que les estoy metiendo) para asomarse tímidamente a lo que había debajo, lo del FBI fue más bien levantar la alfombra entera de un tirón para que viésemos de golpe toda la mierda. O por volver a la teoría del iceberg: no, el FBI no ha hecho aflorar todo ese noventa por ciento sumergido, simplemente ha aclarado un poco las aguas, lo suficiente para que veamos todo el inmenso montón de hielo que hay debajo. Miramos al abismo, y gracias a ello confirmamos que ese abismo es tan grande como lo imaginábamos. Antes lo sospechábamos, ahora ya lo sabemos con certeza.

Ante todo lo cual obviamente tenemos dos opciones, ambas perfectamente válidas. La primera está clara: seguir rasgándonos las vestiduras. La tormenta se llevó por delante una parte del staff técnico y buena parte de la credibilidad de los proyectos de Arizona, Auburn, Southern California, Oklahoma State, quizás también Miami, no digamos ya Louisville. La tormenta se llevó por delante a Rick Pitino, el superviviente por antonomasia, ya superó aquella primera crisis con ex amante, extorsiones y mentiras de por medio, ya superó aquella segunda crisis sobre presuntos favores sexuales a sus criaturas, ya el vaso estaba demasiado lleno como para que le cupiera otra gota más y esto no fue una gota, fue un auténtico tsunami. Pero la tormenta se llevó también por delante algo mucho más importante que todos esos casos (que llaman) aislados, se llevó también nuestra inocencia.

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O por recurrir al tópico: un punto de inflexión, un antes y un después. Cuando a partir de ahora nos sentemos a ver cualquier partido de baloncesto universitario (no necesariamente de los equipos antes mencionados, sino de cualquiera) será difícil que no se nos venga a la cabeza toda esta historia; que entre jugada y jugada no pensemos (siquiera sea por un momento) en lo que habrá detrás, en cómo se habrá formado esa plantilla, en qué favores habrá podido recibir esta o aquella criatura para acabar precisamente en ese campus y no en otro. Me dirán que no tiene por qué ser así, es obvio que no tiene por qué ser así, pero me conozco y sé que yo sí soy así. Sé que veo ciclismo o atletismo, sé que lo disfruto pero sé también que de cuando en vez no puedo evitar pensar en ese enorme pedazo de hielo sumergido. En el dopaje como en la vida todo dios es inocente mientras no se demuestre lo contrario, pero todos sabemos que las demostraciones de lo contrario siempre van muy por detrás de lo que se ha de demostrar.

O dicho de otra manera (y sin recurrir a ejemplos ajenos): lo que nos ha mostrado el FBI es que no se trata de un problema de esta o aquella universidad sino de todo el sistema. No diré que sea un sistema corrupto porque no sería cierto, porque en la primera división hay más de trescientas cincuenta universidades y no me cabe la menor duda de que la inmensa mayoría de ellas (tanto más cuanto más modestas) funcionan con exquisita corrección. Pero el problema obviamente se agudiza cuanto más arriba vamos, en las majors y alrededores. Pensábamos que había tramposos que untaban a esta o aquella criatura (o a sus respectivas familias) para llevársela al huerto, pero lo que ya no imaginábamos (o yo no imaginaba al menos, dado mi exquisito candor) es que además estuvieran en el ajo marcas deportivas acoquinando pasta para llevarse a esos mismos niños a los colleges que visten, que incluso hubiera agencias de representación aflojando todo lo aflojable para intentar atraerse a esos mismos yogurines desde que salen del cascarón. Afortunadamente hoy ya sabemos mucho más de lo que sabíamos, pero también sabemos que aún sabemos muy poco. Prefiero no imaginar lo que aún nos queda por saber.

Y si el problema es de (casi) todo el sistema, quizás haya llegado la hora de preguntarse qué hacer con ese sistema. A ver cómo lo explico: hace muchos años, cuando empezábamos a asustarnos con las barbaridades que podían llegar a cobrar los deportistas de élite, se nos explicaba que ese pastón (aun por desproporcionado que nos pareciera) tenía su razón de ser, ya que al fin y al cabo los deportistas cobran en base a lo que generan. Como actores principales de actividades deportivas que mueven miles y miles de millones cada año, parece justo y necesario que sean ellos quienes se lleven al menos una buena parte del pastel.

Vénganse ahora al baloncesto universitario y háganse esa misma comparación, seguro que ya se la están haciendo sin que yo se lo pida: la NCAA es otra de esas disciplinas que genera desmesurados ingresos cada temporada, un chorro de millones que engorda sistemáticamente las arcas de todo dios alrededor de este juego, desde los departamentos académicos hasta los cuerpos técnicos de cada universidad. De todos, excepto de los únicos que se parten el alma sobre el parquet cada lunes y cada martes para posibilitar que todo esto sea posible.

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Antes de que se me tiren a la yugular les diré que sí, que ya sé que los jugadores no cobran en dinero pero sí en especies: estancia, mantenimiento, manutención y (sobre todo) educación. La enseñanza universitaria cuesta una pasta en USA (y en casi todas partes), y este sistema de becas deportivas posibilita que muchos chavales de las capas más desfavorecidas de la sociedad puedan acceder a un nivel educativo al que de otra manera no llegarían ni en sueños. Algo que está extraordinariamente bien para el (pongamos) noventa y ocho por ciento de estudiantes/atletas (me invento el porcentaje, pero no estará muy lejos de la realidad), es decir, aquellos que no tendrán la suerte de poder vivir del deporte que aman pero a los que sus habilidades deportivas les habrán posibilitado al menos estudiar una carrera y labrarse un porvenir (porque en USA, al contrario que aquí, estudiar una carrera sí garantiza en la mayoría de los casos labrarse un porvenir).

Hasta ahí todo perfecto, pero, ¿qué hacemos con el (pongamos) otro dos por ciento? ¿Qué compensación (legal, me refiero) reciben aquellos que aspiran a vivir holgadamente de esto, aquellos a los que la formación académica se les da una higa y que sólo acuden a la uni por imperativo legal, soñando con pirarse en cuanto se les presente la más mínima ocasión?

Hagan algo, por favor (háganlo para este dos por ciento y también para el otro noventa y ocho que los estudiosos también son de dios, no vayamos a discriminar a estas alturas). Qué sé yo, (por poner un ejemplo nada original por mi parte) guárdenles en una caja o en una cuenta los derechos de imagen que vayan generando (que también son una pasta), para entregárselos cuando acaben la universidad. Lo que sea, pero algo. Háganlo cuanto antes porque si no lo hacen alguien lo hará por ustedes, pongamos por ejemplo esa NBA que está loca por la música, que NO rebajará (espero) la edad de acceso a su Liga pero bien puede cambiar la de G-League (o como demonios se llame esta semana). ¿Imaginan la sangría que supondría que los chavales pudieran dar el salto a la ex liga de desarrollo (aún por poco que ésta pagara) nada más acabar el insti (idea ésta que sé que pone palote a algún que otro ncaafóbico que anida por estos pagos)? Hagan algo ahora que pueden, por favor. Por ahora son sólo (cada vez más) grietas, pero si siguen mirando hacia otro lado no tardará en llegar el día en que se nos desmorone el edificio entero.

Pero les decía hace media docena de párrafos que ante este desalentador panorama tenemos dos opciones, que la primera como ya les dije es rasgarnos las vestiduras (es decir, básicamente lo que llevo yo haciendo desde que empezaron a leer) pero que hay también una segunda opción, y ésta sería algo tan sencillo como lamernos las heridas y mirar (por fin) hacia adelante. Sí, hacia adelante, por difícil que resulte, por mucho que chirríe tras todo lo anterior.

Me dirán (y no les faltará razón) que les he pintado un panorama tan sombrío que ahora ya no les apetece, pero es que creo que es importante saber exactamente quiénes somos y de dónde venimos para saber también a dónde vamos. ¿Cómo era aquello de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla (salvando las evidentes distancias, of course)? La vida sigue, el deporte sigue, la NCAA sigue. Sigue mal, pero sigue. Y creo yo que después de siete meses de espera nos hemos ganado con creces el derecho de volver a disfrutarla aún por muchos disgustos que nos pueda dar. Nos la merecemos, aún con todo lo que ha pasado nos la merecemos, no permitamos que nada ni nadie nos la quite. Ya no.

Que nada ni nadie nos impida disfrutar de Bridges, Cassius, Ward y demás Spartans maravillosos, que nada ni nadie nos impida disfrutar de Ayton, Trier, Ristic y demás criaturas arizónicas aunque las miremos con lupa (y acaso también con un puntito de depresión). Que nada ni nadie nos impida disfrutar de prodigios en óptimo estado de maduración como Happ, Colson, Berry, Bluiett, Graham, Delgado, Landale, tantos y tantos otros. Que nada ni nadie nos impida enamorarnos de yogurines como Porter, Bagley, Sexton, Bamba, Knox o Trent, que nada ni nadie nos impida odiar cívicamente a Grayson Allen (o a cualquier otro que se lo gane) si se presenta la ocasión, que nada ni nadie nos quite ni siquiera ese derecho, no digamos ya todos los demás.

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Que nada ni nadie nos impida enamorarnos un año más del movimiento de balón de Notre Dame, la defensa de Wisconsin, la presión de West Virginia, la fluidez de Xavier, el atleticismo de Miami (otra lupa), la frescura de Kentucky, el despliegue físico de Cincinnati, el encanto de Creighton, la plasticidad de Oregon o la solidez de Wichita State (aún con bajas). Que nada ni nadie nos impida presenciar la insospechada reedición de aquellos St.John’s-Georgetown de hace treinta años, otra vez Mullin vs Ewing solo que ahora en los banquillos.

Que nada ni nadie nos prive de presenciar el segundo milagro consecutivo de Northwestern, el de tantos y tantos otros que hoy ni tan siquiera podemos imaginar. Que nada ni nadie nos robe el Allen Fieldhouse, el Rupp Arena, el Carrier Dome, el Pauley Pavillion, el Cameron Indoor, el Assembly Hall o el Hinkle Fieldhouse, que nada ni nadie nos deje sin The Palestra, The Barn o The Pit. Que nada ni nadie nos robe la ilusión de cada segundo viernes de noviembre, de cada TipOff Marathon, de cada Maui Invitational, de cada ACC-Big10, de cada duelo de rivalidad, de cada Non Conference y de cada conferencia, de cada torneo de conferencia, de cada Madness, que nada ni nadie nos robe nunca jamás esa bendita locura, háganme el favor.

Y obviamente no reniego de nada de lo que escribí en la primera parte de este artículo, aún por doloroso que fuera. El martes 26 de septiembre de 2017 cambió ya para siempre nuestra forma de mirar el baloncesto universitario, sé que nada será igual de ahora en adelante pero sé también que no nos queda otra salida, que hemos esperado demasiado tiempo este momento como para dejar que una simple tormenta (aún por grave que ésta fuera) nos lo quite. El destrozo fue muy grande, pero me gustaría pensar que los restos del naufragio son aún lo suficientemente sólidos como para permitirnos seguir navegando, para permitirnos disfrutar de otra maravillosa singladura aún por pendientes que vayamos a estar a partir de ahora de todos esos icebergs que pueda haber alrededor. Sin más dilación, echémonos a la mar.