El mejor jugador de “nunca”

Por Iker García (@hoopdreams1)

Son frecuentes las historias de jugadores cuya carrera deportiva parecía destinada a la gloria y que acabó en fracaso o, en el mejor de los casos, terminó como la de cualquier otro jugador profesional promedio. Muchas de estos casos surgen cuando jugadores con un gran rendimiento en la NCAA dan el previsible salto a la NBA y normalmente son fruto de lesiones aunque en algunos casos la mala cabeza de los jugadores es la que puede hacer que no desarrolle todo su potencial.

Los dos mundos

Esta historia trata sobre un jugador adelantado a su tiempo, también quizá en el hecho de ser más conocido por lo que pudo ser que por lo que realmente fue. Lloyd Daniels nació en Brooklyn en 1967 y sufrió el primer revés de su vida cuando sólo lleva tres años en este mundo, la muerte de su madre por cáncer. Fue un duro golpe para Lloyd y también para su padre quien volvió a su antiguo vicio, la bebida, y abandonó a su hijo. Este contexto marco la vida de Daniels en los dos mundos en los que desarrolló su carrera: el baloncesto y la calle. Su acercamiento al primero de ellos, al baloncesto, fue con 7 años. Mientras era criado por sus dos abuelas aprendió a jugar al baloncesto en las calles de Brooklyn de la única manera que era posible, enfrentándose en canchas de mala muerte a chicos mucho mayores que él. Su acercamiento a su segundo mundo, la calle, resultó en una travesía por cinco institutos de tres estados diferentes, un nivel de lectura de un niño pequeño y al aposte fue lo que acabó con su carrera deportiva.

De vuelta el baloncesto, antes de que Daniels cumpliese las dos décadas de vida ya se había labrado un nombre en las canchas de toda Nueva York y era considerado el jugador con más talento de la Gran Manzana desde, palabras mayores, Kareem Abdul-Jabbar. Por si esta comparativa no diese suficiente vértigo, los medios hablaban de Lloyd Daniels como un jugador que combinaba las dos virtudes de las grandes estrellas de la época. Esto es, la habilidad pasadora de Magic Johnson y la precisión en el tiro de Larry Bird. Con estos antecedentes, Lloyd era codiciado por diversas universidades pero su bajo nivel académico complicaba que diese el salto a la liga colegial.

Jerry Tarkanian de UNLV Runnin’ Rebels fue el entrenador que finalmente se llevó el gato al agua mediante una maniobra que haría que Daniels jugase, pese a tener que esperar algún tiempo más para ello, en el equipo de UNLV. Uno de los asistentes de Tarkanian, Mark Warkentein, consiguió matricular a Lloyd en un JuCo cercano a Los Ángeles. Utilizarían el JuCo como lugar de paso para mejorar el rendimiento académico de Daniels y de ahí dar el salto a la NCAA. La futura llegada de Daniels iba a suponer un antes y un después en la competición, ya que tenía cantidades ingentes de algo que no se puede enseñar, como es el talento. El perfil de Daniels como jugador era la de un escolta de 2.01 metros que podía jugar en todas las posiciones, excepto en la de pívot. Contaba con una gran visión de campo, una habilidad innata para entender el juego, una habilidad para encestar desde un amplio rango y un físico portentoso.

Ironías del destino

Por desgracia la presencia de Lloyd Daniels en la NCAA se quedó en eso, en ríos de tinta describiendo sus habilidades y el impacto que esto iba a suponer en su equipo y en los rivales. El 9 de febrero de 1987 fue la fecha del final de la carrera de Daniels en la NCAA, una carrera anunciada que sin embargo nunca llegó a empezar. Ese día los dos mundos de Daniels se fusionaron y la calle engulló al baloncesto. Mientras el jugador compraba droga a un policía encubierto, su carrera se desmoronó. Tarkanian no pudo hacer oídos sordos y días después anunció que Daniels nunca jugaría en UNLV. Ironías del destino, Daniels acabaría de manera indirecta con la carrera de Tarkanian en UNLV unos pocos años después. Una investigación descubrió que Richard Perry, acusado de multitud de sobornos en el ámbito deportivo, había ejercido como intermediario para facilitar la llegada de Daniels a UNLV y a Jerry Tarkanian no le quedó más remedio que dimitir.

El nuevo revés en la vida de Daniels no le alejó del baloncesto y el jugador encontró cobijo en Topeka Sizzlers, un equipo de la Continental Basketball Association (CBA). Compaginó su trabajo en esta liga menor con su vida en la calle, alternando idas y venidas del centro de rehabilitación. En estas circunstancias no es de extrañar que el equipo se cansase del jugador, quien había perdido su físico sobresaliente, y lo despidiese por estar en un estado de forma lamentable. Tras el despido, Daniels fichó por un equipo de Nueva Zelanda. Quizá los kiwis no sabían de la fama de Lloyd y por eso le ficharon pero sólo necesitaron cuatro partidos para darse cuenta que no es trataba del mismo jugador que había deslumbrado al mundo desde los playgrounds neoyorkinos. Además de las drogas, el alcohol era otra de las grandes pasiones de Lloyd y el equipo de Nueva Zelanda le despidió por faltar a los entrenamientos y por su ingente consumo de cerveza. Daniels sólo disputó cuatro partidos con la camiseta de los Waitemata de Auckland pero ya era una trayectoria más larga que la que había desarrollado en la NCAA. Eso sí, ¡qué cuatro partidos! En su primer encuentro en un parqué neozelandés no pudo reprimir el impulso de participar en una pelea sobre la cancha, quizá como reflejo de una nueva fusión de los dos mundos que siempre acompañaron a Daniels. Tras esto, y antes de ser despedido, promedió 27 puntos por partido en lo que parecía que era la victoria del baloncesto sobre la calle.

Por un puñado de dólares

Un año después de volver de Nueva Zelanda y sólo un mes después de volver de un centro de rehabilitación a su hogar natal, llegó un nuevo revés en la vida de Daniels. El 12 de mayo de 1989, a las 2:10 de la madrugada, el jugador fue disparado en las escaleras de su casa en St. Albans, Queens. Una de las balas le atravesó el pecho y perforó un pulmón, otra le desgarró el lado derecho del cuello y la tercera y última se le clavó en el hombro izquierdo. Una discusión por droga, tres balas, ocho dólares, el precio de una vida a la que Daniels se aferró y es que sólo seis semanas después del incidente se propuso volver a las canchas.

Recuperado de los balazos, con fragmentos de bala en su cuerpo, su carrera deportiva continuó siendo convulsa pero fue capaz de mantenerla separada de su carrera en la calle. Entre 1989 y 1992 el jugador alternó cuatro equipos diferentes: Quad City Thunder (CBA), Miami Tropics (USBL), Greensboro City Gaters (GBA) y Long Island Surf (USBL). Pese a los cambios de equipo, el ser capaz de mantenerse en las canchas tantos años y sus actuaciones notables hicieron que el nombre de Daniels sonase en los mentideros de la NBA. “Sweet Pea”, como le llamaban en el instituto de Queens en el que fue capaz de anotar más de 30 puntos, capturar más de 12 rebotes y repartir 10 asistencias por encuentro, ya no era ese tipo de jugador pero parecía una adición interesante para el banquillo de cualquier equipo. El talento no se pierde y los New York Knicks lo sabían, pero tuvieron que descartar al jugador tras unos entrenamientos. Su estado físico, lejos de ser deficiente, no era lo suficientemente bueno para una liga con un nivel de exigencia tan alto. Puede parecer un nuevo revés, pero la vida de Daniels dio un nuevo vuelco aunque esta vez positivo.

Jerry Tarkanian se había visto obligado a despedir a Daniels en 1989. Irónicamente, el fichaje de un jugador que nunca llegó a debutar complicó la carrera de Tarkanian en UNLV y dimitió en 1992. Ese mismo año, fichó por San Antonio Spurs y quiso quitarse la espina que se le había quedado con el jugador de Brooklyn. El entrenador llamó al jugador y la respuesta del mismo fue afirmativa. No habían perdido el contacto durante los vertiginosos años dando tumbos de Daniels y el destino, esta vez benévolo, los unió.

Renacimiento

El jugador llegaba tarde a la NBA, con 25 años, un físico mediocre para la liga y con un entendimiento de los fundamentos del juego inferiores a los de cualquier jugador novato. Mantenía el talento que le había hecho protagonista de múltiples titulares y la rabia de quien ha tenido una vida llena de golpes. Con estas armas se presentó ante los Knicks en la liga de verano y les endosó 30 puntos, como queriendo darles una lección por haber renunciado a su fichaje. Esta gran actuación fue sólo un destello y es que el jugador, con un cuerpo maltratado, no pudo alcanzar ese nivel. Pese a esto, y teniendo en cuenta las circunstancias que habían rodeado al vida de Daniels, su primera temporada en la NBA puede clasificarse de notable. Sin el amparo de su padre en la cancha, quien había sido despedido tras cosechar 11 derrotas en los primeros 20 partidos, promedió casi 10 puntos y 3 rebotes por partido en apenas 20 minutos de juego.

Tras un año más en los Spurs, con un rendimiento inferior al mostrado en el primero, la inestabilidad llegó de nuevo a la vida de Lloyd, no le alejó del baloncesto pero le hizo vagar de equipo en equipo. Despedido de la plantilla tejana, encontró cobijo en los Sixers de Philadelphia. Su rendimiento, similar al de su segunda campaña en los Spurs, hizo que el jugador tuviese que buscar nuevos colores que defender y fuero en oro y púrpura de los Lakers. En este equipo mostró una versión más próxima a la de su primera campaña en la NBA pero cerca de los 30 años y con un cuerpo de alguien de 60 años, esto no fue suficiente y el jugador tuvo que cambiar la liga por una menos exigente como la CBA. En los Fort Wayne Fury, donde no se exigía tanto al cuerpo, el jugador fue capaz de disputar más de 40 minutos pro encuentro y llegar al nivel anotador de su juventud cuando su cuerpo resistía todo lo que le echasen y fumaba un porro antes de cada encuentro. Qué lejos aquellos tiempos, qué profundas las cicatrices de aquella época, qué bien sentaba volver a sentir la pelota como una extensión del cuerpo. El buen hacer de Daniels en la CBA le llevó al Limoges CSP de Francia y al Scavolini Pesaro. Su buen hacer en el Viejo Continente hizo que la NBA se replantease la presencia de Daniels en la liga y recibió una nueva oportunidad.

Los Kings de Sacramento fueron los responsables del segundo intento de Daniels por hacerse un hueco en la NBA. El jugador, más viejo que en su primer intento, no recibió protagonismo más allá de los minutos de la basura y tras una temporada cambió Sacramento por los New Jersey Nets. En los Nets gozó de más minutos, pero su protagonismo fue residual comparado con los galones que ostentaba en la CBA y en Europa. Así las cosas, volvió a los Fort Wayne Fury de la CBA y volvió a destacar, lo que hizo que recibiese su tercera y última oportunidad en la NBA de la mano de Toronto Raptors. En esta ocasión, su temporada fue más que aceptable pero no lo suficiente para seguir en la liga.

Una carrera de fondo

Ya con 30 años y tras casi una década de haber vencido a sus fantasmas, desafió a todos los pronósticos y siguió jugando al baloncesto. Eso sí, manteniendo la característica más notable de su carrera: la inestabilidad. Tras dejar la NBA, Daniels defendió los colores de: Polluelos de Aibonito (Puerto Rico), Galatasaray (Turquía), Idaho Stampede (CBA), AEK Atenas (Grecia), Polluelos de Aibonito una vez más, Sioux Falls Skyforce (CBA), BayRunners (IBL), Trenton Sh. Stars (IBL), Long Island Surf (USBL), Tampa Bay T-Dawgs (USBL), Panteras de Miranda (Venezuela), Long Island Surf una vez más, Rida Scafati (Italia), Shanghai Sharks (China), Panteras de Miranda una vez más, Ovarense Aerosoles (Portugal) y finalmente Strong Island Sound (ABA). Finalmente Daniels se retiró en 2006, con casi 40 años y tras haber pasado por más de 20 equipos, algo que nadie hubiese imaginado mientras era detenido en 1987.

Considerado, con el respeto de Earl Manigault, una de las mayores leyendas de las canchas callejeras de Nueva York siempre quedará en el recuerdo como unos de los jugadores que nunca aprovechó su potencial. Su legado, dentro y fuera de las canchas, es el de alguien que fue capaz de vencerse a sí mismo y darle la vuelta a todos los reveses que había sufrido. Alguien que tras ver su carrera truncada, fue capaz de rehacerse y gozar una carrera deportiva más que aceptable.

Ironías del destino, quizá el jugador con más talento de la historia de la NCAA es alguien que nunca disputó un partido en la misma.