El año que jugamos peligrosamente

Por José Díaz (@zaid5x5)

What a way to start the season!!!, exclamaba Dan Shulman para cerrar su vibrante narración de aquel once del once, aquella noche en la que (a eso de las once) daba por fin comienzo la NCAA. Hasta Honolulu se habían ido disfrazados de marineritos (de camuflaje, más bien) los yogurines de Michigan State, Arizona, Kansas e Indiana para inaugurar la temporada conmemorando Pearl Harbour (o para conmemorar Pearl Harbour inaugurando la temporada, no sé) aprovechando de paso que se cumplía el 75 aniversario del bombardeo más famoso y cinematográfico de la historia. What a way to start the season porque Spartans y Wildcats compusieron un partido precioso (con no menos preciosa presentación de cartas credenciales de Bridges y Markkanen, en cara a cara inolvidable) y Jayhawks y Hoosiers otro aún mejor si cabe. Eso sí, nos engañaron pero bien: ganó Indiana (prórroga mediante), y no fuimos pocos los que nos tiramos a la piscina para augurar nuestra habitual retahíla de conclusiones precipitadas, seguro que a los Hoosiers les espera un gran año, seguro que los Jayhawks lo van a tener mucho más difícil, etc etc. Con lo guapos que estábamos calladitos.

Sólo era el principio. Cuatro días más tarde llegaba el esperadísimo TipOff Marathon que habría de terminar con el no menos esperado Champions Classic, ya saben, Michigan State, Kentucky, Kansas y Duke enfrentadas dos a dos en el mismísimo Madison Square Garden. Los Spartans pagaron su jetlag hawaiano ante los Wildcats (lo que aprovecho Malik Monk para presentarse en sociedad cascándose cinco triples como cinco soles, dándonos con ellos en la boca a todos los que íbamos por ahí diciendo que esta Kentucky no tenía tiro exterior), no así los Jayhawks que se mostraron frescos y lozanos ante unos diezmados Blue Devils. Todo lo cual dicho así suena muy bien pero la realidad fue bastante más fea, tan fea que hasta llegó a provocar los abucheos de un público neoyorquino que creyó haber pagado por un partido de baloncesto pero lo que presenció en realidad fue un concurso de tiros libres, cortesía de unos árbitros para los que echarse el aliento o salpicarse el sudor ya era considerado falta personal. Ya lo decía aquel compañero de trabajo que tuve, la justicia de enero es muy rigurosa pero en llegando a febrero ya es otra cosa, cambien los meses por noviembre y diciembre y trasládenlo a la realidad NCAA. Aquellos arbitrajes a reglamento de comienzos de temporada en nada se parecen ya a los de hoy. Afortunadamente.

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Nada era lo que parecía. Oregon empezaba palmando en Baylor y haciendo lo propio en Maui con Georgetown, y a partir de ahí ya les augurábamos toda clase de penurias sin reparar en que la baja de Dillon Brooks quizá tuviera algo que ver. A su vez la susodicha Baylor (no contenta con haber ganado a Oregon) remontaba la friolera de 22 puntos para ganarle a Louisville la final del Battle 4 Atlantis, y a partir de ahí ya augurábamos toda clase de penurias par los Cardinals sin reparar en que a un equipo que tenga a Pitino de entrenador nunca se le puede dar por muerto, ni por herido siquiera. Y qué decir de esa Temple que se imponía brillantemente nada menos que a West Virginia en la final del NIT Season TipOff (Enechionyia mediante), a partir de lo cual augurábamos un futuro maravilloso para unos Owls que luego ya casi no volvieron a ganar más en toda la temporada (ligera exageración). Seguíamos tirándonos de cabeza a la piscina, como si aquellas aguas de noviembre fueran las mismas que las de marzo. Quizá no habría estado de más llenarla para amortiguar un poco el golpe.

A todo esto Kentucky era una fiesta. Kentucky presentaba en sociedad a su Gabinete Calipari (edición 2017) o lo que viene siendo lo mismo, presentaba al fornido Bam Adebayo, al socorrido Gabriel y sobre todo a su prodigioso dúo exterior Fox & Monk. Un De’Aaron Fox que había dejado ya meridianamente claro que no conocía la pausa (o acaso sí la conociera, pero lo disimulaba), haciendo no ya correr sino volar a sus desatados Wildcats. Sí, Kentucky era una fiesta pero UCLA no era menos fiesta, y ambas fiestas se dieron cita en el Rupp Arena el sábado 3 de diciembre de 2016. Si alguien creyó que Kentucky arrollaría tardó poco en darse cuenta de que no es que no fuera a arrollar, es que no iba ni a ganar siquiera. Estos Bruins eran muchos Bruins o para ser más preciso, eran sólo tres más que el pasado año… pero qué tres: el chorro de fundamentos de Leaf, la energía contagiosa de Anigbogu y cómo no, la prodigiosa dirección y visión de juego de esa maravilla llamada Lonzo Ball, de los Ball de toda la vida. Súmenle la mano tonta de Alford y Welsh y el resultado fue que Wildcats y Bruins compusieron (citemos un par de tópicos) un alucinante toma y daca, un partido de poder a poder. Quienes lo vimos tuvimos claro que estábamos ante el partido del año, justo ese que recordaríamos más que cualquier otro cuando acabase la temporada regular. Resultaba impensable imaginar siquiera un partido mejor…

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O tal vez sí. Dos semanas después Kentucky (sí, otra vez Kentucky) se citó con North Carolina en Las Vegas para componer no ya el partido del año sino una verdadera  obra maestra digna de ser recordada durante varios lustros. 100-103. 100-103 sin aditivos ni conservantes ni colorantes, 100-103 sin prórrogas, 100-103 en cuarenta minutos con posesiones de treinta segundos, 100-103 con toda la defensa y la intensidad que usted puede imaginar. Cien metió North Carolina de los que 34 correspondieron a Justin Jackson, partidazo más que suficiente para que al día siguiente no se hubiera hablado de otra cosa de no ser por el pequeño detalle de que enfrente Malik Monk se cascó 47. 47 puntos como 47 soles, 47 puntos con ocho triples de por medio, 47 que incluyeron la canasta decisiva, 47 rozando casi la infalibilidad. A quienes tuvimos el inmenso placer de presenciarlo (y si usted no lo hizo ya está tardando en buscarlo) se nos quedó esa típica sensación de que había nacido una estrella. Sólo de él dependerá que esa premonición llegue a convertirse en realidad.

En el Cameron Indoor las aguas bajaban bastante más turbias, para variar. Un día los Blue Devils fueron a jugar contra el modesto (en términos deportivos) College de Elon, partido que en condiciones normales habría pasado totalmente desapercibido de no ser porque Grayson Allen decidió poner en práctica su espectacular patada voladora, lógica evolución de aquella tradicional zancadilla de meses atrás. Hasta aquí hemos llegado, cruz y raya, una y no más santo tomás, ni que decir tiene que las autoridades de Duke se mostraron implacables y lo suspendieron de manera indefinida, implacabilidad e indefinición que les duró exactamente hasta el partido siguiente. Fueron a estrenar la ACC a casa de Virginia Tech, palmaron sin paliativos ante los Hokies (89-75) y decidieron de inmediato que como broma ya estaba bien, si al fin y al cabo son cosas de críos, si el chico tiene buen fondo pero lo que pasa es que es un poquito travieso, un diablillo, nada más que eso, no hagamos una montaña de un grano de arena, pelillos a la mar. Grayson volvía y Krzyzewski se iba, a que le sanaran su maltrecha espalda. Y así las cosas lo de Duke sólo podía empeorar.

Jugábamos (jugaban ellos, más bien) peligrosamente, y cuando acostumbras a ir al límite pues acaba pasando lo que tiene que pasar. Creighton venía siendo una de las más gozosas noticias de la temporada gracias a su juego fresco y desinhibido, al esperado advenimiento de Marcus Foster desde Kansas State, a la repentina aparición interior de Justin Patton y (sobre todo) a la mágica dirección de Maurice Watson, un año más. O un año menos, más bien. Aquel partido contra Xavier no habría pasado a la historia de no ser porque en un momento dado Watson se enganchó con Sumner, se le fue la rodilla, se fue al banquillo con pinta de haberse jodido un ligamento pero contra todo pronóstico se empeño en volver, se empeñó en penetrar a canasta como si no le doliera y acabó cayendo absolutamente desmadejado sobre el parquet. Y ya decía mi abuela (refranera ella) que las desgracias nunca vienen solas, aún no nos habíamos repuesto de lo de Watson y ya llegaban noticias desde Indiana de que a Anunoby le había sucedido exactamente lo mismo. Fue el final de su proyección como elección de lotería del próximo draft y de algún modo fue también el final de estos Hoosiers 2017 aunque entonces aún no quisiéramos darnos cuenta. En cambio Creighton supo rehacerse (tras dos o tres partidos de lógico cuelgue), contra todo pronóstico. Quién sabe, lo mismo ese pedazo de coach que es Greg McDermott pudo tener algo que ver.

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Vivíamos la mejor ACC de la historia (o quizá no, pero estas frases grandilocuentes siempre queda bien ponerlas), North Carolina, Notre Dame, Virginia, Florida State e incluso Louisville aún marchaban viento en popa pero Duke… Ay Duke. Tras aquella derrota en Virginia Tech llegaron dos plácidas victorias ante Georgia Tech y Boston College, y luego el caos: derrotas en Florida State y Louisville, salvada de muebles ante Miami y derrota infamante en casa (¡¡¡en casa!!!) ante los Wolfpack (¡¡¡los Wolfpack!!!) de North Carolina State (Dennis Smith mediante), proporcionando así a las buenas gentes de Raleigh una inmensa alegría que les compensó por tantos otros sinsabores pasados y futuros (que no fueron pocos, como veremos después). Todo ello con Coach K de baja, todo ello con el interinato de un Jeff Capel que al final no encontró otra solución que llevarse a las criaturas a casa de su jefe, lo siento Mike pero no me hago con ellos, regáñales tú que a ti te harán más caso. Vaya si les regañó. Les dijo que no eran dignos de vestir esa camiseta, y como tal les prohibió lucir el equipamiento de los Blue Devils cuando anduvieran por el campus. Mano de santo, oigan. Duke encadenó siete victorias seguidas y ya sólo volvió a perder en Syracuse (sobre la bocina, Gillon mediante), en Miami y en Chapel Hill, justo al final de la Regular. Y por increíble que resulte, hasta hubo noches en las que Grayson Allen se dedicó exclusivamente a jugar al baloncesto, para variar.

La SEC en cambio era el mundo al revés. Habíamos dado por supuesto que Kentucky arrasaría, que su único peligro estaría en padecer una especie de efecto Gonzaga ante su presunta superioridad sobre todos los demás… y de repente nos los encontramos perdiendo en Tennessee, perdiendo en casa ante Kansas, ganando en casa (de puritito milagro) a Georgia y finalmente cayendo de paliza en su visita a Florida. De repente parecía habérseles olvidado defender, de repente parecían haberse olvidado de correr (fruto de un De’Aaron Fox repentinamente achacoso), de repente los Gators eran los amos de la conferencia y los Wildcats ahí andaban por detrás, a verlas venir. Y sin embargo no consta que en Lexington hubiera llanto y crujir de dientes, no constan reuniones en casa de Calipari ni que éste les castigara obligándoles a vestirse de civil. Tranquilidad y buenos alimentos, que al fin y al cabo nadie es sublime sin interrupción:  ajustaron piezas, se pusieron las pilas, volvieron al parquet… y hasta la fecha. Al cierre de estas líneas aún no han vuelto a saber lo que es perder.

A esas alturas la Big Ten era cosa de nadie (más por defecto que por exceso), la Pac 12 era cosa de tres (Arizona, UCLA y esa Oregon ya a pleno rendimiento que había acabado de una tacada con la imbatibilidad de ambos dos angelinos, UCLA y USC) y la Big East y la Big12 eran cosa de uno. La Big East era cosa de una Villanova a la que (roto Watson en Creighton, roto Sumner y huido Davis en Xavier) sólo la admirable Butler era capaz de hacerle algo de sombra. Y la Big12 era cosa de Kansas, para variar. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, algo tendrá Self para haber ganado más temporadas regulares de su conferencia que partidos ha perdido en casa en todos estos años. Y mira que esta temporada lo tenían más fácil que nunca para entrar en crisis, con presuntos abusos, maltratos y demás acusaciones varias rondando a buena parte de su quinteto titular y hasta a (sobre todo) un par de suplentes de lujo. Pues oigan, que no, que ni por esas. Ganaban por los pelos pero ganaban (aunque Iowa State se la liara en su propio Allen Fieldhouse, allá donde llevaban más de tres años sin perder) y así las cosas poco a poco se fue cayendo del cartel Baylor, se cayó la propia Iowa State, se cayó incluso West Virginia pese a su (una vez más) muy meritoria temporada. Así las cosas quizá deberían empezar a plantearse cambiarle el nombre a la conferencia, no diga Big twelve, diga Bill Self. Que al fin y al cabo casi suena igual.

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Nos encaminábamos ya a febrero, frisábamos el cuarto mes de competición sin otra preocupación que no fuera disfrutar partidos y más partidos, creíamos haber encontrado por fin la paz pero justo entonces las autoridades de la NCAA, tan conservadoras ellas de natural, fueron a tener una revolucionaria ocurrencia: oye, que digo yo, que como tenemos a media humanidad comiendo de nuestra mano cada segundo domingo de marzo, ¿qué te parece si hacemos también algo parecido el segundo sábado de febrero? No, claro, ya lo sé, no podremos llamarlo Selection Sunday porque ni habrá selection ni será sunday pero para el caso viene a ser lo mismo, montamos un chou similar, decimos cómo quedaría el cuadro en sus cuatro primeras posiciones de cada región y aquí paz y después gloria. Que no cuaja, pues para el año siguiente nos olvidamos del tema. Que sí cuaja, pues para el año que viene montamos otro en enero y si me apuran otro en diciembre, ya que tenemos a la gallina de los huevos de oro estrujémosla hasta que reviente. Dicho y hecho. Parieron el que podríamos llamar NO-Selection Saturday, oficializaron la especulación como si no hubiera ya bracketólogos, periodistas y aficionados en general entregados a la tarea de especular todo lo especulable. Y decidieron que el mejor equipo de la nación era Villanova cuando todo dios pensaba que era Gonzaga, y rebajaron a los Zags al cuarto puesto del escalafón. Y pasaron de la Big Ten y se olvidaron de Cincinnati para dejar aún más claro que a ellos las Mid-Majors se las traen al pairo por si no hubiera ya quedado suficientemente claro el año anterior. Y se quedaron tan anchos. Que además sirviera para algo (más allá de hacer caja con el evento), esa ya es otra cuestión.

Mientras tanto en North Carolina State decidieron homenajear a cierta política española de cuyo nombre no quiero acordarme, y para ello inventaron la destitución en diferido en forma de simulación: Gottfried, estás cesado y no vas a seguir el año que viene, que lo sepas, pero para que veas lo buenos que somos te dejamos que te quedes hasta que acabe la temporada, no te preocupes, no hace falta que salgas corriendo, tómate el tiempo que necesites hasta que acabes de recoger tus cosas. Nunca fui de ceses a mitad de curso, tanto menos en este baloncesto universitario que aún sigue siendo (por definición) baloncesto de formación aunque algunas veces se nos olvide, aunque demasiadas veces no lo parezca. Pero puestos a hacerlo mejor llegar hasta el final que quedarse a medias, mejor mandar a tus jugadores un mensaje de renovación que un chute de desidia, total ya qué más da ya lo que hagáis el resto de la temporada si acabamos de demostraros que a nosotros nos la suda. No, reconozco que Gottfried no está precisamente entre mis debilidades como técnico: ha desaprovechado plantillas muy válidas y ha enseñado la puerta a demasiada gente (hay por ahí más transfers procedentes de North Carolina State que de casi cualquier otro sitio), pero con todo y con eso no creo que mereciera salir de Raleigh así.

Llegábamos al final de la Regular con Gonzaga aún invicta, pensábamos que esa ya sería condición inamovible hasta el Madness pero una vez más nos equivocábamos, para variar. Recibían en Spokane al tercer equipo en discordia de la conferencia, BYU o lo que viene siendo lo mismo, la Universidad de Brigham Young; nada que debiera preocuparles, si en semanas precedentes ya habían apalizado con creces a todo aquel que se les pusiera por delante (incluida la propia BYU, incluida por partida doble la magnífica St. Mary’s) nada hacía presagiar que ahora estos pálidos practicantes de la fe mormona les fueran a crear el más mínimo quebradero de cabeza. Y sin embargo Emery y el translúcido T.J. Haws (de los Haws de toda la vida) se la liaron desde fuera, y sin embargo Karnowski encontró por fin un rival a su medida en el misionero Eric Mika, quién nos lo iba a decir. No sé si para Gonzaga fue disgusto o alivio, no sé si lloraron o respiraron por haberse quitado por fin de encima esa pesada carga que tanto cuesta luego llevar al Madness, pregunten si no a Kentucky o Wichita State en temporadas precedentes; sí sé que aquella noche se mataron dos pájaros de un tiro: A los Zags se les rompió su imbatibilidad y a nosotros el último esquema que aún nos quedaba por romper.

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O no, porque aún faltaban los torneos de conferencia. O como dicen ahora, la Champs Week, el escalón entre la realidad de la Regular y la magia del Madness, ese extraño territorio en el que casi nada es lo que parece y la verdad y la ficción se entremezclan en una suerte de realismo mágico. ¿Exagero? Pues tal vez, pero díganselo por ejemplo a esa Purdue que llegaba sobrada y cayó en cuartos de final ante los Wolverines de Michigan (recién sobrevividos de un leve accidente aéreo, para más inri), que total ya que estaban allí decidieron tirar p’alante y llevarse de calle la Big Ten para acabar de confirmar el desparame que ha sido este año dicha conferencia.

O díganselo a esa imponente Kansas que tras arrasar en la Big 12 fue a caer también a las primeras de cambio ante la remozada TCU (¡¡¡TCU!!!) de Jamie Dixon (y no quedó claro si en los Jayhawks pesó más el disgusto de perder o la alegría de tener cuatro días más de tregua, de cara a lo que verdaderamente les importa), alegrándole de paso la vida a unos Cyclones que a estas alturas aún lo andarán celebrando. O díganselo a los Tar Heels, tan felices como estaban ellos con su corona Regular de la ACC para luego acabar encontrándose con sus odiados vecinos de Duke, esos que hace dos meses eran una pura ruina y que ahora ya casi parecen el mejor equipo habido y por haber sobre la faz de la tierra (otra ligera exageración).

O díganselo a todos esos invitados inesperados al Gran Baile, pongamos por ejemplo Northern Kentucky, Iona, Kent State, Jacksonville State, South Dakota State, Troy o incluso Rhode Island (aunque a ésta si no la esperábamos sí la deseábamos, por ser una suerte de justicia poética para E.C. Matthews tras su lesión del pasado año, porque es un equipo al que da gloria ver y porque gracias a ello habrá triple representación en el Madness de la injustamente olvidada Atlantic 10). Quedaba claro una vez más, en NCAA la realidad siempre supera a la ficción. Hasta el punto de que no siempre es fácil distinguir una cosa de la otra.

Y hasta aquí. Si echó en falta en todo este tocho alguna referencia al equipo de sus amores, al freshman que le subyuga o al partido del que guarda una huella imborrable no se preocupe, no se me aflija, no me lo tenga en cuenta (que a estas alturas ya no doy más de sí), no se me alborote; simplemente pase página. En las siguientes encontrará toda la información habida y por haber de este Torneo Final, todo lo que necesita saber y hasta lo que jamás pensó que necesitaría. Ya sabe: provéase de todo lo necesario, avituállese, póngase cómodo y sin más dilación déjese llevar por la locura. Entréguese por entero a la magia de la mejor competición deportiva del mundo (ahí queda eso), y recuerde que por increíble que parezca aún hay una forma de mejorarla: disfrutar del March Madness teniendo siempre al lado nuestra Guía del Madness. De nada.

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