One&Duke

Por José Díaz (@zaid5x5)

Cuenta la leyenda que hubo una época, tampoco demasiado lejana (pongamos que haga veintitantos años, treinta y tantos a lo sumo) en la que la Universidad de Duke se ponía a sí misma como modelo a seguir en materia de cumplimiento académico: a ver, que aquí no somos como esos Tar Heels de ahí enfrente que en cuanto les sale bueno un Jordan le consienten que se vaya dejándose los estudios a la mitad, no, aquí los niños se nos gradúan, todos y cada uno de ellos, es más, aquí no tenemos niños que vengan a jugar al baloncesto y de paso estudien una carrera, aquí lo que tenemos son niños que vienen a estudiar una carrera y de paso juegan al baloncesto, faltaría más, lo primero es lo primero, education first, hasta ahí podíamos llegar. Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver, decía la copla. O que vuelva acaso el día menos pensado, quién sabe.

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Eran otros tiempos, obviamente. El one and done aún no había llegado ni se le esperaba, de hecho por no llegar ni tan siquiera había llegado el deseo de dejar de lado la universidad y saltar directamente a profesionales. Nadie se planteaba no ir al college como nadie se planteaba tampoco estar tan solo un año, sujetos como Moses Malone o Shawn Kemp seguían siendo tan solo la excepción que confirmaba la regla, tíos cuyas limitadas capacidades intelectuales les hacían de difícil encaje en cualquier universidad que se preciara de serlo ni aún por mucho que se bajara el listón. Aún quien no iba a la universidad era porque no podía y no porque no quería, aún habrían de pasar unas pocas primaveras antes de que emergiera un tal Kevin Garnett y pusiera el sistema entero del revés.

Pero no adelantemos acontecimientos, aún estamos en los Ochenta (o primeros Noventa) y aún estamos en Duke, que en el entorno de aquellos años se movía como pez en el agua. Duke estaba entonces considerada (y supongo que aún seguirá estándolo) como una de las universidades más elitistas y de mayor prestigio académico de toda la Costa Este norteamericana, acaso sólo por detrás de Harvard, Yale, Brown, Columbia y demás templos del saber de la Ivy League. Duke tenía muy a gala (y supongo que aún seguirá teniéndolo, aunque no siempre lo parezca) que allí lo verdaderamente importante era lo que sucedía dentro de las aulas, que lo que sucedía en el césped o (sobre todo) en el parquet no pasaba de ser un mero complemento, un entretenimiento que reportaba pingües beneficios a las arcas de la Entidad, pero que no era en modo alguno su razón de ser. Eso decían, y seguramente se creían a sí mismos mientras lo decían.

Es más: en aquel entonces existía otra leyenda (tiempo rico en leyendas el de la NCAA de los Ochenta, por contraposición al actual) que les distanciaba una vez más de sus odiados rivales de enfrente, al menos en lo que tenía que ver con el rendimiento deportivo de sus respectivos jugadores cuando acababan el college y pasaban al campo profesional. O por decirlo de un modo más concreto: cualquier estrella de Duke (aún por buena que fuera) fracasaba luego en NBA, mientras que cualquier jugador normalito (o incluso levemente mediocre) de North Carolina era capaz de hacer carrera en NBA y hasta de acabar convertido en estrella a poco que se lo propusiera. Leyenda al fin y al cabo, por más que de vez en cuando hubiera excepciones que no hacían sino confirmar la regla. Todo lo cual como ustedes comprenderán llenaba de legítimo orgullo a los Tar Heels, mientras que tampoco parecía escocer demasiado a los Blue Devils: de alguna manera reforzaba la impresión de que su modelo educativo primaba siempre sobre el deportivo, de que allí no preparaban a sus alumnos para el baloncesto profesional sino para la Vida, con mayúsculas. Y además, que les quitaran lo bailao: ellos ya habían exprimido al máximo a sus jugadores durante sus cuatro años de college, si una vez fuera de Durham no eran capaces de mantener el mismo rendimiento ése ya no era su problema.

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Les iba francamente bien con esta filosofía, además: tres finales consecutivas, dos títulos consecutivos, 1991 y 1992; década y media hacía que no se lograba, década y media tardaría en volver a lograrse. Quedaron nombres míticos de aquellos años, pongamos Bobby Hurley, pongamos Christian Laettner, pongamos incluso Grant Hill; tíos que por supuesto que permanecieron sus cuatro temporadas en Durham como no podía ser de otra manera, cómo les fuera luego en NBA ya fue otro cantar: en la carrera de Hurley se cruzó un terrible accidente, en la de Hill una infausta e interminable lesión de tobillo (de no haber sido por ella habría tapado muchas bocas, y desmentido alguna que otra leyenda) y en la de Laettner se cruzó él mismo con su mecanismo: de hecho muy pocos jugadores ejemplifican mejor que él ese mismo mito de estrella de Duke que fracasa luego en el campo profesional. Dado que nadie fue más aborrecido que él a lo largo de su carrera universitaria, al menos sus haters encontraron en su ulterior fracaso un buen motivo de felicidad.

Hacia finales de siglo llegó el primer trauma. Duke se presentó a la temporada 1998/1999 con un equipo imponente, con una batería de sophomores que incluía a Elton Brand, Shane Battier o William Avery más el emergente freshman Corey Magette y el ya curtido sénior Trajan Langdon, quién daba más. Ni que decir tiene que eran favoritos a casi todo y que cumplieron con esas expectativas hasta el último día, justo hasta que se les cruzó en su camino la Connecticut de Rip Hamilton y Khalid El-Amin y les birló el título en una de las finales más sorprendentes que se recuerdan. No pasaba nada, claro: el alasqueño se iría muy pronto a hacer las rusias pero el resto ahí habrían de quedarse, y si a eso le sumaban lo que estaba a punto de llegar el resultado era que aquellos Blue Devils serían aún más favoritos si cabe para la temporada 1999/2000… o no.

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No sé si fue peor lo de Brand o lo de Magette. Elton era la estrella, el imponente ala-pívot que dominaba la NCAA a su antojo y que aún habría de dominarla aún más durante las dos temporadas siguientes, o eso se suponía al menos. Que se apuntara prematuramente al draft rompió por completo los esquemas de una universidad acostumbrada a jactarse de que estas cosas sólo les pasaban a los demás, a nosotros ni pensarlo, de aquí los chavales salen todos cuando deben y no cuando se les antoja, todos con su graduación debajo del brazo como no podría ser de ninguna otra manera en una universidad de tan rancio abolengo y tan acendrada tradición. Fue un duro golpe, desde luego, pero tras la fase de depresión y la de ira llegó (como casi siempre) la de aceptación: venga, vale, está bien, qué le vamos a hacer, si al fin y al cabo ya nos ha dado dos años extraordinarios, si al fin y al cabo está llamado a los primerísimos puestos del draft NBA, si al fin y al cabo es un pedazo de estrella que acabará promediando un 20-10 en aquella Liga… Lo de Brand fue duro, pero tras pararse a pensarlo tampoco les resultó tan difícil encontrarle una justificación. Lo de Magette en cambio…

Lo de Magette fue el acabose. Pero dónde va, pero quién se cree este tío, un año sólo y ya se pira sin haber dado un palo al agua, sin haber vendido una escoba, a lo mejor se piensa que por ser quien es y venir de donde viene ya va a estar toda la NBA bebiendo los vientos por él… Vale, hoy todo esto puede mover a risa, pero puedo asegurarles que en aquel entonces (no han pasado ni veinte años) el que un jugador dejase la universidad tras sólo un año de carrera aún provocaba llanto y crujir de dientes en cualquier college, tanto más en Duke. La moda Garnett ya se había instaurado y no eran pocos (tampoco muchos) los que se apuntaban al draft nada más dejar el insti, que la obligación de esperar a los diecinueve aún tardaría un tiempo en llegar. Pero se sobreentendía que ese era un lujo reservado sólo a los elegidos y que el común de los mortales aún tendría que trabajar con sudor para buscar la Fama, como decían en la serie del mismo nombre. Vale, si estás dos o tres años y te sales pues qué le vamos a hacer, si eres tan bueno como para que la NBA en pleno se pirre por tus huesitos pues tendremos que aguantarnos, que es bien sabido que al campo no se le pueden poner puertas. Ahora bien, ¿un año solo sin haber hecho nada del otro mundo, sin haber empatado con nadie ni haber tenido siquiera un papel determinante? Venga ya.

Tampoco se les hundió el mundo. Por la misma puerta que salieron Brand y Magette entraron Carlos Boozer, Mike Dunleavy Jr. y Jason Williams (años después se acortaría el nombre a Jay para diferenciarse del Chocolate Blanco de los Kings, pero en aquel entonces aún era Jason a todos los efectos). Liderados por un impagable Shane Battier (algo así como el hijo predilecto del Coach K en aquellos días) apenas tardaron dos años en sacarse la espina de su amarga derrota de 1999. Las aguas volvían a su cauce, los niños volvían a graduarse, los títulos volvían a llegar, Krzyzewski volvía a respirar. Todo estaba de nuevo en orden en Duke.

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Y todo aún seguiría estando en orden nueve años después. Se había implementado la edad mínima de diecinueve para apuntarse al draft, se había extendido ya (entre los que podían permitírselo) la insana costumbre de estar sólo un año y luego pirarse, de repente el one and done era dios y Calipari su profeta (primero en Memphis, luego a lo bestia en Kentucky), nada era ya como antes y sin embargo Duke continuaba al pie del cañón como garante del orden establecido. Y ganando, además. Que 2010 quedara ya para siempre como el año de Butler (apenas unos centímetros le faltaron a Gordon Hayward para que lo fuera de manera oficial) no ha de hacernos olvidar que el campeón volvió a ser Duke. Otra vez los Blue Devils de toda la vida, viejos (y no tan viejos) conocidos como Kyle Singler o Jon Scheyer (también Lance Thomas, Nolan Smith, un aún imberbe Ryan Kelly y un par de Plumlees), chicos buenos, formales y aplicados (al menos en apariencia) que estudiaban lo que había que estudiar y se graduaban cuando se tenían que graduar, chicos que iban a clase y de paso jugaban al baloncesto por más que resultara ya evidente que esto último era lo que iba a darles de comer durante los siguientes años de su vida. ¿Jugadores de usar y tirar? Eso déjenselo a otros. Las esencias seguían a salvo en Duke.

Y sin embargo todo empezó con Kyrie Irving, apenas un año después. Que era muy bueno lo veíamos todos (por más que él intentara disimularlo, dado que una lesión en el pie le mantuvo en el banquillo casi toda la temporada), que fuera a dar el salto tras sólo un año (no completo) era algo que todo dios comentaba pero que algunos (ingenuos) nos resistíamos a creer. Vale, si estuviera en Kentucky seguro que sí, sin duda, pero… ¿en Duke? Vaya que si en Duke. Porque lo verdaderamente sorprendente no fue tanto la marcha de Kyrie, lo verdaderamente sorprendente fue que ahora nadie pareciera darle la menor importancia. Nada que ver con el llanto y crujir de dientes de doce años antes con Brand y/o Magette, ahora de repente todo dios lo veía como algo completamente normal, el signo de los tiempos, la consecuencia lógica de lo bueno que era el jugador y de la época que nos había tocado vivir. Entonces aún no acabamos de ser del todo conscientes de que la moda del one and done había llegado también (contra todo pronóstico) a la sacrosanta y elitista Duke. Y había llegado para quedarse.

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El resto ya se lo saben (y todo lo anterior probablemente también): en la 2011/2012 llegó y se fue Austin Rivers (y éste no creo que necesitara empezar a ganar dinero para mantener a su familia); en la 2013/2014 (aún iban poco a poco, aún le estaban tomando el gusto a la novedad) llegó y se fue Jabari Parker; en la 2014/2015 llegaron y ganaron y se fueron Tyus Jones, Justise Winslow y Jahlil Okafor; en la 2015/2016 estuvieron más moderados y (salvo error u omisión) sólo llegó/se les fue Brandon Ingram; en la 2016/2017 volvieron a las andadas ya que llegaron y se fueron Jayson Tatum, Harry Giles y Frank Jackson; en la 2017/2018 llegaron y se fueron Marvin Bagley, Gary Trent, Trevon Duval (¿por qué?) y Wendell Carter; y finalmente en la 2018/2019 llegaron y se irán (que a nadie le quepa la menor duda) R.J. Barrett, Zion Williamson, Cam Reddish y Tre Jones, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. No diga one and done, diga ONE AND DUKE. Rechace imitaciones.

¿Fue un cambio repentino, fue más bien una decisión meditada, fue acaso el fruto de un largo proceso de maduración (o más bien de inmaduración o desmaduración en este caso)? Pues oye, si los demás lo hacen y les va bien a ver por qué no vamos a poder hacerlo también nosotros, tanto elitismo y tanta leche, a ver si ahora va a resultar que no podemos ser como los demás. Le había ido muy bien a Kentucky tres años antes (Anthony Davis mediante), le fue muy bien también a Duke en 2015. ¿Recuerdan 2015? Aquella Kentucky de los platoons que se iba a comer el mundo, aquella que llegó insólitamente invicta a Final Four, aquella que cayó contra todo pronóstico ante Wisconsin en semifinales para que luego la propia Wisconsin cayera ante Duke en la Final. Cómo no recordar la épica pataleta de Bo Ryan tras el partido, refiriéndose a los Blue Devils como jugadores de alquiler. Fuera de lugar y de tiempo, por más que algunos compartiéramos al cien por cien su filosofía: porque sonó a rabieta de mal perdedor, y porque esos mismos Badgers habían ganado en semis a otros (presuntos) jugadores de alquiler.

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Fue Duke la que se apuntó a la moda del one and done, o fue más bien la moda del one and done la que se apuntó a Duke? ¿En qué momento las estrellas de high school empezaron a preferir a los Blue Devils por encima incluso de la propia Kentucky, esa que supuestamente tan bien preparaba a sus jugadores para el siguiente nivel? ¿En qué momento Coach K adelantó a Coach Cal? ¿En qué momento el creador de esta filosofía se vio completamente superado por un mito viviente que consiguió optimizar hasta extremos insospechados esa misma filosofía? ¿Tuvo alguna vez más sentido aquel refrán de nuestras abuelas, unos llevan la fama y otros cardan la lana? ¿Nos hemos pasado (yo el primero, de hecho) diez años de nuestra vida denostando a Calipari por prostituir lo que siempre fue baloncesto de formación, y sin embargo no fuimos capaces de ver que a partir de un determinado momento Krzyzewski estaba haciendo exactamente lo mismo, y aún más si cabe? ¿Es tal el halo de perfección que emite el Coach K, es tan grande el destello de victorias, títulos y oros olímpicos que todo ello nos ciega y nos impide ver todo los demás?

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(Caso verídico: siendo yo niño mi abuela me regañó una vez al ver un papel encima de la mesa: ¡¡¡ya estáis tu hermano y tú como siempre, dejando cosas por el medio!!! Yo respondí la verdad: ¡¡pero si lo ha dejado papá!!, ante lo cual mi abuela reculó de inmediato: ah, bueno, pues si lo ha dejado tu padre entonces déjalo ahí, que es ahí donde debe estar… Aprendí aquel día una cínica lección que por desgracia me ha sido muy útil a lo largo de mi vida: el que una cosa esté en su sitio no depende de la cosa ni del sitio, depende de quién la deje. O dicho de otra manera: el que algo esté bien o mal no depende del hecho en cuestión, depende de quién lo haga. Aplíquenlo a lo explicitado en el párrafo anterior)

En cualquier caso nada te garantiza el éxito, la misma fórmula que te sirvió para quedar campeón un año te puede servir igual para caer en primera ronda al año siguiente. Y sin embargo no fueron pocos los NCAAfóbicos (haberlos haylos) que tras ese título de Duke y el anterior de Kentucky salivaron de placer y creyeron vislumbrar un cambio de tendencia, más que nada por las ansias que tenían de que ese cambio de tendencia se produjera. Esto marcará un antes y un después para el baloncesto universitario, a partir de ahora ya nada volverá a ser como antes, profetizaban cargaditos de razón como si sólo existiera la Final Four (acaso porque no vieran nada más en todo el año), como si el baloncesto colegial no fuera infinitamente más que eso, como si no hubiera vida más allá de Duke, Kentucky y cuatro más, como si sólo hubiera media docena de universidades y no trescientas cincuenta por no hablar también de otras divisiones. Ya ven, se suponía que la NCAA ya jamás volvería a parecerse a la que habíamos conocido, y… ¿Saben qué pasó? (Pregunta retórica, claro que lo saben) Pues que en 2016 y 2018 campeonó Villanova y que en 2017 lo hizo North Carolina, en todos los casos con equipos sumamente equilibrados en los que séniors y/o júniors jugaban también un papel fundamental. Nada te garantiza el éxito como tampoco el fracaso, quizá la única diferencia esté en que los one and done siempre son pan para hoy y hambre para mañana, o en el mejor de los casos te obligan a ir cada temporada a la panadería. En cambio con la cocción a fuego lento sabes que te dura más el pan, y que a la larga siempre estará mucho más rico. Cuestión de gustos.

De alguna manera la evolución de Duke no deja de ser una metáfora de la evolución de la propia competición universitaria a lo largo de estos años. Una liga tradicionalmente encerrada en sí misma y que sin embargo debió reinventarse varias veces: primero ante la eclosión de criaturas que daban el salto a la NBA sin pasar por la NCAA, más tarde ante la eclosión de criaturas que daban el salto a la NBA tras estar tan solo un año (y porque no les quedaba más remedio) en NCAA. No serán las últimas reinvenciones. Se avecinan tiempos de cambio, que como de costumbre pillarán al baloncesto colegial con el paso cambiado: la desaparición de la regla del diecinueve, la puesta en escena de la G-League (o como demonios se llame esa semana) ofreciendo ahora un dinero a quienes escojan esa vía previa al draft; algo que muchos llevábamos tiempo vaticinando que tarde o temprano sucedería, no porque seamos más listos que nadie sino porque se veía venir con total claridad. Previsibles amenazas ante las que la NCAA va como siempre un paso (o cientos, o miles) por detrás de la realidad, proponiendo parches, permitiendo ahora que los no escogidos en el draft puedan volver a la universidad siempre y cuando cumplan determinados requisitos (será por requisitos), algo tan evidente que lo único incomprensible es que no se les hubiera ocurrido hacerlo antes. Pero algo que difícilmente solucionará ningún problema: entre los que sean escogidos y los que opten por la liga de desarrollo (que difícilmente les desarrollará ni les aportará formación alguna, pero que al menos les entregará una paguita a fin de mes), habrá que ver cuántos y cuáles vuelven efectivamente a la universidad.

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El one and done está ya dando sus últimos estertores y con él morirá también el one and Duke, por lo que resultará sumamente interesante ver cómo se adapta esta universidad a los nuevos tiempos que necesariamente habrán de venir. Quién sabe, quizás en 2030 o 2040 las autoridades de Duke (acaso aún entrenada por un octogenario o nonagenario Mike Krzyzewski en pos de su victoria número 2.000) vuelvan a jactarse de que aquí no somos como los demás, aquí los niños no estudian mientras juegan sino que juegan mientras estudian, aquí lo único importante es que salgan graduados y preparados para la vida, todo lo demás incluido el baloncesto no deja de ser algo secundario, un mero complemento como no podía ser de ninguna otra manera dado el rancio abolengo y el elevado prestigio académico de esta centenaria institución etc etc. Y quizás haya quien se lo crea, quizás para entonces ya nadie les recuerde (que algunos ya no estaremos en edad de recordar nada, y ello en el supuesto de que aún estemos en este mundo) que hubo un tiempo, allá por la segunda década del tercer milenio de nuestra era, en el que se olvidaron de sus esencias, abdicaron de sus principios y persiguieron los resultados deportivos a corto plazo por encima de cualquier otra consideración. Qué cosas.